martes, 17 de febrero de 2026

 






COMO CAE LA HOJA EN EL ESTANQUE

(Relato breve: El canto gregoriano en la Abadía de Silos)



1. Sícut áquilae

-“Por inquebrantable decisión nuestra y de este Concilio de Burgos se establece en nuestros reinos el Rito romano y se suprime el Rito gótico, “Rito sospechoso de haber sido mancillado a lo largo de los siglos por prácticas heréticas” en palabras de su santidad el romano pontífice. Yo, Alfonso VI, Totíus Hispaniae Imperátor. En este año de gracia de 1080”.

Al invocar el rey el dictamen del intempestivo Gregorio VII los abades y obispos presentes se removieron en sus escaños. Como en sus tumbas, los abades Íñigo de Oña, García de Arlanza, Sisebuto de Cardeña y Domingo de Silos. Y en las peanas de sus retablos, San Isidoro de Sevilla, San Ildefonso o San Julián de Toledo. Y toda la patrística hispano-visigótica en los plúteos que albergaban sus códices doctrinales.

Estaba en juego la apertura de los reinos alfonsinos a la influencia europea, los enlaces matrimoniales y la participación de los diversos reinos cristianos en la Reconquista.

-Necesitamos el apoyo inequívoco del prepotente Gregorio VII y de vuestro tío materno, el todopoderoso abad de Cluny, Hugo de Semur, cuyos monjes recorren con sus misivas los caminos de peregrinación de toda Europa -­le susurraba el monarca a su esposa, la Reina Constanza, mientras avanzaban hacia el estrado real para la clausura del Concilio, y con quien acababa de contraer matrimonio en segundas nupcias. Durante largos años había preparado el camino apaciguando las reacciones hostiles al cambio de liturgia, y sorteado los juicios de Dios y pruebas del fuego que pretendían dictaminar qué rito era el verdadero.

Clausurado el concilio, Osmundo, el obispo de Astorga, resumió la situación:

-Nuestros monjes, clérigos y fieles se verán ante una liturgia desconocida y ajena a su espíritu. Deberán apartar los textos hispanos. Deberán olvidar sus cantos antiguos para que sus melodías no entorpezcan la interpretación de los nuevos. En una palabra, deberán abordar un profundo cambio con un doloroso y prolongado proceso de adaptación.

Algunos asintieron con una ligera inclinación de cabeza. Bernardo de Sédirac, abad de Sahagún, antiguo monje de Cluny como el legado Ricardo y el papa Hildebrando, tranquilizó a los presentes:

-Sosiego, eminencias. El Abad de Cluny enviará grupos de monjes a los diversos monasterios y diócesis de los reinos hispanos: Viri honesti et litterati et iúvenes dóciles que en sus alforjas traerán los misales y antifonarios de la nueva liturgia.

En el Monasterio de Silos el Abad Fortunio reunió a sus monjes en la sala capitular:

-La implantación de la Liturgia Romana en nuestro monasterio nos demandará complejos y dolorosos cambios. Esta mañana en Laudes hemos recitado el Salmo 102: -Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios, y como el águila renovarás tu juventud… En nuestras caminatas semanales por el valle con frecuencia contemplamos al águila real sobrevolando las altas peñas que se elevan sobre el desfiladero de la Yecla…

Ante estas palabras del abad el novicio Zaqueo asintió efusivamente.

-Pues bien -continuó el Abad Fortunio-, se dice que el ave legendaria cuando llega a su mediana edad se enfrenta a una decisión: O abandonarse y sucumbir o someterse a un adecuado proceso de renovación. Se ha de despojar de cuanto le entorpece y adaptarse a la nueva realidad, y así, recuperar su juventud. Nosotros nos vemos ahora ante la renovación que demanda la santa madre Iglesia y que coronaremos en el año 1088 con la consagración de nuestra iglesia abacial, tal como se ha dispuesto en el recién clausurado Concilio de Burgos. Hace cuarenta años Santo Domingo libró a nuestro monasterio de la postración forzada por las incursiones de Almanzor y ahora nos iluminará para que florezca con renovada juventud… Índue me, Dómine…

-Nóvum hóminem! -respondieron a coro los monjes.

Tras un momento de silencio el Prior Nuño de Ura, hombre práctico, tomó la palabra:

-Veamos: Las obras de la iglesia abacial nos permiten ya celebrar en su interior la sagrada liturgia y el oficio de las horas. El claustro sigue en construcción; pero está a nuestra disposición cuando los canteros acaban su jornada. Los otros elementos del monasterio, aunque de factura humilde, permiten nuestra vida monacal. Entre nosotros hay algún hermano venerable; pero la mayoría somos jóvenes. Y los oblatos y novicios, numerosos y bien dispuestos. Padre Abad, estamos preparados para abordar este nuevo reto.

-¿Cómo nos prepararemos para la nueva liturgia y para los nuevos cantos? -preguntó Isacio el mozárabe, el maestro de coro.

-La Abadía de Cluny -respondió el Abad Fortunio- con Adelelmo a la cabeza nos enviará cantores, un liturgista y amanuenses para el scriptorium. Con ellos llegarán los misales y antifonarios del nuevo rito. Los hermanos que trabajáis en el scriptorium con el venerable Grimaldo haréis copias de dichos manuales. Estos monjes cluniacenses, salvo Adelelmo que residirá en Burgos, se integrarán en nuestra comunidad. Por tanto habremos de organizarnos y apretarnos un poco de modo que nuestro hospedero, Liborio, pueda acomodarlos debidamente. Que Santo Domingo nos bendiga a todos.

-Amén -respondieron los monjes al incorporarse a sus quehaceres.

A Zaqueo, el novicio ayudante de Liborio el Hospedero, le gustaba observar el vuelo de las águilas planeando sobre las cumbres. Por eso le sorprendió gratamente la mención del abad. Había nacido en la ladera de poniente de los peñascos de Cervera frente al extremo de la profunda hendidura y allí seguían viviendo sus padres y hermanillos. Menudo y ágil, sólo él sabía cómo recorrer la angostura del desfiladero. Desde que residía en el monasterio, el monje Liborio le permitía una vez por semana y tras el canto de Sexta y Nona desaparecer discretamente. Con la larga vara de enebro que ocultaba tras la puerta de la hospedería y que le servía de pértiga para sortear los socavones, grandes piedras y envites del agua de la profunda grieta, a todo correr seguía la senda del río Mataviejas, atravesaba el desfiladero para ver a los suyos y bajaba ligero para llegar al canto de Vísperas.

Al Igual que Zaqueo en el monasterio de Silos la mayoría de los oblatos, novicios y monjes jóvenes procedían de los alrededores. Todos habían cantado en los montes y en los páramos mientras guardaban los rebaños. Todos sabían silbar de mil maneras. Todos habían ensanchado sus pulmones corriendo tras las ovejas descarriadas y antes, en su tierna infancia, llorando a grito pelado durante horas cuando sus padres se ausentaban para acudir a las labores del campo. O sea que todos podían ser excelentes cantores del Oficio divino… Y de vez en cuando desde la huerta del monasterio elevaban sus ojos a los montes que habían recorrido de pastorcillos. -Montes in circúitu eius…, los montes que circundan el valle de Tabladillo y lo protegen del viento frío.



2. Montes in circúitu eius

Era la hora de Vísperas cuando finalmente apareció en lo alto de la loma la comitiva de Cluny cuya llegada se esperaba en el Monasterio de Silos. Zaqueo, que estaba a la espera, corrió a darle la noticia al monje hospedero. Habían pasado seis meses desde que terminara el Concilio de Burgos.

Los recién llegados desmontaron ante el estanque de la Fuente Grande. Apearon las alforjas con sus enseres y los antifonarios y misales que portaban y se refrescaron con el agua que les ofrecían el hospedero Liborio y el novicio Zaqueo. Los siervos, por su parte, tiraron de las caballerías hacia el abrevadero situado un poco más abajo y que se surtía de este gran manantial.

Descalzo y con su hábito remendado el novicio observaba pasmado a aquellos monjes tan elegantes. Casi todos eran jóvenes veinteañeros como él, salvo el venerable Adelelmo. Llegaban el maestro de coro Bernardo, seis monjes de la schola cantórum, dos pendolistas para el scriptorium y el experto liturgista Norberto, algo mayor que los demás. “Efectivamente tienen cara de serafines tal como se afirma de los monjes de Cluny. Y que más que hombres, son ángeles -se dijo para sí-. Yo voy descalzo, pero qué botines de cuero bien curtido calzan ellos y de qué buen paño se adivina su indumentaria bajo el polvo del camino”.

Desde la calle se oía el canto de Vísperas. Para sorpresa de los recién llegados la planta de la iglesia abacial de Silos era idéntica a la de Cluny. Bien es verdad que en las Vísperas la de Cluny aparecía abarrotada por más de trescientos monjes y a ésta la veían rebosante de fieles de toda condición.

Bernardo se abrió paso entre la gente y avanzó hacia el presbiterio para escuchar de cerca el canto de los monjes. La música de los himnos, antífonas y salmodia; aunque ya le sonaba del largo viaje le seguía resultando extraña. No había forma de ajustar lo que oía a la sonoridad y a los modos del canto gregoriano. El hispano era un canto más espontáneo y menos sometido a reglas de composición. Y ciertamente no carecía de belleza. “Es el canto que los cluniacenses venimos a suplantar… Actuaré con calma y cuidado”-se dijo. “En los reinos hispánicos han conservado la fonética del latín y pronuncian de forma clara todas las sílabas. ¡Nos evitaremos las dichosas licuescencias…!”

Los fieles escuchaban en respetuoso silencio. Con el responsorio breve las Vísperas llegaban a su final. Fue entonces cuando el abad, tras una breve pausa, por ser sábado, día dedicado a María, entonó un canto popular, no en latín; sino en la lengua romance. -Dios vos salve reyna e madre… Lentamente se le fueron uniendo los aldeanos y aldeanas, los niños y mayores. …-Vida, dulçura, esperança nostra… Surgían de recias gargantas las voces de los ancianos que mantenían el grave junto a las voces plenas de los jóvenes que interpretaban la melodía; y las voces decididas de los rapaces que elevaban los tonos al agudo en una improvisada; pero expresiva polifonía. Los monjes, remisos al principio, pronto se contagiaron del fervor de los fieles. Ausente el canto al unísono, con ritmos diversos, cada cual cantaba pendiente de su propio diálogo con nuestra Señora, -Tórnanos agora esos tus ojos… Aquel caos imponente era suavemente reconducido por leves gestos del abad. El maestro de coro recién llegado, admiraba atónito la belleza de aquel canto tan aparentemente descontrolado como sentido y expresivo. El Amén, lento y suave, fue unificando las voces para acabar en una cadencia al unísono llena de unción… La comitiva recién llegada, desde el fondo de la iglesia, presenciaba impresionada y muda cuanto veía y oía. El sol avanzaba hacia su ocaso y el interior del templo se iba sumiendo en la penumbra. El himno final de los monjes a Santo Domingo se perdía en la lejanía del claustro. En silencio, a la salida, sólo se oía el roce de las albarcas de los campesinos sobre el pavimento y el bisbiseo de los pies descalzos de los siervos, mujeres y niños que habitualmente no disponían de calzado.

Al día siguiente Liborio el hospedero fue guiando al grupo de Cluny por su nuevo monasterio. A Bernardo y a los otros jóvenes todo les sorprendía gratamente. La instalación elemental del dormitorio, las toscas fuentes para las abluciones, la disposición rudimentaria de las letrinas, la aparente improvisación y caos reinante… “Es un retorno a las raíces de los benedictinos, a la pobreza evangélica” –comentaban entre sí.

Para el liturgista Norberto, en cambio, todo tenía un aspecto menesteroso en comparación con las instalaciones y la organización de la Abadía de Cluny. ¿Acaso los benedictinos no eran monjes caballeros, verdaderos ángeles bajados del cielo? ¿Cómo cultivar y apreciar la belleza física, la elegancia de las formas y maneras según los valores cluniacenses en estas condiciones tan precarias e incómodas, en medio de este desorden? El liturgista Norberto apenas conseguía disimular su decepción.



3. Vidi áquam

Los cantores de Cluny no se cansaban de contemplar, silenciosos, el estanque de la Fuente Grande.

El agua brotaba, como un misterioso manantial que surge inmenso, a un lado del templo. Aparecía silenciosa, límpida, cristalina. Y decían que surgía de las profundidades de la tierra y jamás se agotaba... El agua se deslizaba tan discretamente por la ligera pendiente que sólo cuando se desplomaba sobre el arroyo se percibía su enorme caudal.

De forma ágil y apacible Bernardo entonó -Vidi áquam... Y acto seguido, con el gesto del tórculus cursivo animó a los demás a unirse a su canto: … -egrediéntem de templo. Ahora el movimiento del scándicus indicaba que los sonidos intermedios daban paso a otros ligeramente más agudos. Y casi repitiendo la melodía, como el agua que se desliza sin pausa, el podatus ligeramente articulado debía ir seguido del texto -a látere dextro, con la exclamación de un -aleluya expresivo. Y de inmediato, tras tomar aire y con juvenil vigor, tal como indicaba el neuma que el maestro de coro dibujaba en el aire, los cantores reentonaron -Et omnes ad quos pervénit aqua ista, adornando esta segunda cadencia intermedia con un breve y precioso melisma del agudo al grave, melisma trazado por el anónimo autor de la melodía para figurar la caída del agua. Y sin interrupción, como la ola que desciende para ascender con renovado impulso, al doble movimiento de sálicus y scándicus, con una ligera vibración de la mano en el segundo, el coro se lanzó con decisión a los sonidos más agudos del canto en -salvi facti sunt. El canto alcanzaba así su cima tal como demandaba el texto. Tras el énfasis de las voces el maestro de coro con una suavidad recuperada dibujó en el aire al cantar -Et dicent los neumas del porrectus cursivo y el presus, recordando a los cantores los sonidos intermedios que mueven a la serenidad. En el doble -aleluya, aleluya, iniciado con un podatus articulado que destacaba el inicio del primero, la mano de Ricardo fue trazando sucesivamente el clímacus, nuevo scándicus y tórculus con episema que señalaban el ritmo ligeramente más lento del canto en la cadencia definitiva. Todo el canto había avanzado ligero como atraído por el sonido final (“sícut cervus ad fontes”). Con el gesto del tráctulus Bernardo señaló ese sonido final ligeramente prolongado.

Al oír cantar a la schola de Cluny, el Abad Fortunio se fue aproximando al grupo de jóvenes, seguido del monje Adelelmo y los liturgistas Eulogio de Silos y Norberto de Cluny.

-¡Sólo los ángeles del cielo podrían superar vuestro canto! -exclamó.

El venerable Adelelmo, antes de emprender viaje a Burgos donde ya le esperaba la reina Constanza, estaba ejerciendo de mediador entre ambos liturgistas en presencia del abad. Sabía que Norberto era poco flexible. Respondía al perfil del cluniacense, seguro de sus hábitos y poco tolerante con los ajenos. No comprendía las ceremonias del exultante rito hispano-mozárabe. Más bien le parecían algo caótico, con tantos oficiantes en el presbiterio que harto tenían con no tropezar entre sí. -¡El rito romano, en cambio, es lógico y ordenado! –exclamaba el joven liturgista. “¿Tan incompatibles eran ambos ritos?” –se preguntaba preocupado Adelelmo. Por ello aplaudió el canto que acababan de improvisar los jóvenes de Cluny y que había impresionado tan gratamente al Abad Fortunio. Significaba que todo iría bien en Silos con el repertorio gregoriano. El entusiasmo y la preparación musical de Bernardo eran la mejor garantía.

En aquel tiempo la música era tan efímera como el paso de las nubes o el movimiento de las menudas ondas sobre el agua del estanque. Como había afirmado San Isidoro de Sevilla, -Soni péreunt. La notación de los neumas in campo aperto describía el ritmo y el agrupamiento de los sonidos, es decir, el “cómo”; pero poco o nada informaba sobre la melodía, sobre el “qué”… ¿Cómo transmitir o aprender los cantos de un nuevo repertorio si no había una escritura capaz de reflejarlos claramente…? Afortunadamente este estado de cosas estaba a punto de cambiar.

Bernardo traía en sus alforjas con los antifonarios oficiales de Cluny un manuscrito que custodiaba en secreto pues toda novedad era sospechosa y debía ser custodiada con cautela. Era el antifonario preparado por Güido D’Arezzo según el Micrologus, su revolucionario método musical. “¡Con esta partitura se podrá cantar un canto antes no oído!” -exclamó el papa Juan XIX cuando le fue mostrada por el gran pedagogo benedictino. Esto fue en 1025, hacía medio siglo. Sólo los muy iniciados como Bernardo y otros maestros de coro tenían acceso a estos manuales que habían transformado la escritura de la música a través de las notas y su fijación en las pautas del tetragrama. En el scriptorium de Silos se copiarían los antifonarios del rito romano según la notación habitual de Cluny, es decir, la notación aquitana de puntos superpuestos. Esta notación suponía un cierto avance hacia la diastematía; pero sus puntos superpuestos, “mondos y lirondos”, ignoraban los matices expresivos de los neumas de Laon o Saint Gall sin llegar a precisar la altura de los sonidos. Por ello Bernardo se arriesgaría con el nuevo método.

Para la primera lección se presentó con un pergamino donde aparecían los tetragramas y la notación cuadrada:

-Si ponemos nombre a los sonidos musicales todo será más sencillo. Tomemos el himno a San Juan Ut quéant laxis. Mirad la página que os muestro. ¿Qué veis?

-Vemos sobre las palabras cuatro rayas y manchas de tinta cuadradas que van sobre las líneas y en los espacios entre líneas -respondieron con viveza los oblatos.

-Perfecto. Vemos que los intervalos de los sonidos aparecen de una manera muy clara en el tetragrama –precisó Bernardo. Y acto seguido acercó la partitura al prior y a Isacio el mozárabe, el maestro de coro de Silos. Estos la examinaron con gran atención. Miraban y miraban hasta que comenzaron a asentir con grandes movimientos de cabeza: iban comprendiendo que aquel método era un gran hallazgo.

-¡También nosotros podremos interpretar una melodía antes no oída! ¡En adelante en la música nada será igual! – exclamó entusiasmado Isacio el mozárabe.

-Nos vamos a fijar sobre todo en la primera sílaba de cada hemistiquio a medida que yo vaya cantando –prosiguió Bernardo-. Cada una de estas sílabas dará nombre a las notas sucesivas que conforman la escala musical.

Acompañado de los cantores de Cluny Bernardo repitió y repitió invitando a los de Silos a unirse, sin miedo, a su canto.

-¡Ya sabemos el nombre de las notas! –exclamaron a una los oblatos.

Al acabar aquella intensa sesión, así habló el prior Nuño de Ura:

-Nos espera una gran tarea. Contamos con un buen método, gran motivación y ocho años por delante: ¡Lo conseguiremos!

Todos los presentes salieron entusiasmados.



4. Media vita

Aquellos años pasaron volando en el monasterio de Silos. Los monjes, con el Prior Nuño al frente y la supervisión del Abad Fortunio, desarrollaban una intensa actividad en las horas que les dejaban libres la misa y el canto de las horas. Atendían a las necesidades del monasterio y a las obras del exterior de la iglesia y de la continuación del claustro. Atendían a los enfermos y peregrinos. Y atendían a la incorporación de la liturgia del Rito Romano y al estudio del canto gregoriano. Era ya el año 1088 y debían llegar perfectamente preparados para la consagración solemne de la iglesia abacial.

El venerable Adelelmo, a lomos de su pollino, llegó desde Burgos con antelación pues quería ver con sus propios ojos los progresos del monasterio silense y los preparativos para tan solemne ceremonia. En el scriptorium del pendolista Grimaldo con la guía de los de Cluny, se habían familiarizado con los textos del nuevo rito y su notación cluniacense. ¿Y qué decir de los progresos en el canto? Sus ocho años de estudio intensivo con Ricardo bien podían equipararse a los diez exigidos en Cluny para cantar en el coro de la Abadía. Y la liturgia del Rito Romano llevaba varios años implantada en el monasterio y parroquias circundantes con la guía incansable de Norberto.

Norberto, el liturgista de Cluny, cumplía los cuarenta años. Con tristeza advertía la pérdida paulatina de los dones juveniles. ¡Cuántos sueños y deseos incumplidos! Su mundo interior estaba cargado de preocupaciones. Guiaba a los demás en la liturgia; pero no manejaba los hilos de su propio destino. En la mitad de la vida se sentía viejo y sin horizontes, y necesitaba una urgente transformación como el águila del Salmo 102, que para recuperar su juventud a sus cuarenta años se retira a lo alto de una peña, se libera de su envejecido y torcido pico, se arranca y renueva las plumas viejas y pesadas, substituye sus garras debilitadas… “Él, … que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa… mientras tu juventud se renueva como la del águila” –recitaba el monje caballero de Cluny-. Índue me, Dómine, nóvum hóminem…-suplicaba abrumado.

Era el día semanal de paseo de los monjes por el valle de Tabladillo. Zaqueo, ahora monje profeso, conocía bien todos sus rincones y las trochas, laderas y peñascos de los montes que lo circundan y sabía guiar a la tropa silense por las diferentes rutas que con su entusiasmo convertía en interesantes aventuras. Y de vez en cuando, incansable, reiteraba a los jóvenes su propuesta de atravesar el desfiladero de la Yecla.

-Sigues siendo Zaqueo el de los pies ligeros -le decía con humor el monje Indalecio, el profesor del Trivium.

Aquella tarde les recordó las “reglas” de su particular invención:

-Para atravesar el desfiladero hemos de seguir tres reglas básicas. La primera, jamás intentarlo cuando se levanta el viento pues entre las estrechas y altas paredes de las rocas se convierte en un verdadero huracán. La segunda, hacerlo descalzos para controlar mejor las pisadas sobre las piedras inestables o cuando hay que caminar por el agua. La tercera, no permitir, por nada del mundo, que la larga vara de enebro se nos escape de las manos y caiga al fondo del desfiladero. Si esto sucede, estaremos perdidos…

Correspondiendo a las miradas perplejas de los presentes añadió:

-Es más, os diré que desde un pequeño rellano situado casi en el extremo sur del desfiladero he logrado descubrir cómo ascender por la pared rocosa hasta llegar a la cima de las peñas donde las águilas tienen su nido.

Los de Silos le escucharon con la amabilidad habitual; pero se excusaron una vez más, alabando, eso sí, su valentía y su destreza para zambullirse por un desfiladero que parecía infranqueable. Unos porque estaban cansados de saltar peñascos; y los más porque consideraban peligrosa la aventura. Quien esta vez le prestó gran atención fue el liturgista Norberto.



5. Et renovábitur iuventus tua

Los monjes de Silos ya dominaban el Kyriale, el Graduale, el Antiphonale y el Hymnárium (y aún quedaba espacio en sus juveniles caletres para el Trívium y el Quadrívium). Ahora se trataba de dar los últimos retoques al repertorio de la Consagración de la iglesia pues quedaban tres días para tan gran solemnidad.

-Iniciamos los cantos no con estrépito; sino de forma ágil y suave… -Recordó el joven maestro de coro.

-Como cae la hoja en el estanque –se oyó desde el fondo de la sala capitular.

-Nadie lo diría mejor, venerable Adelelmo.

-El canto gregoriano no tiene por qué ser pesado y triste –continuó el veterano monje de Cluny que asistía a la “repetitio” en compañía del abad Fortunio y el venerable Grimaldo-. Mientras cantamos nuestra voz, integrada en el coro, fluye de forma ligera y armoniosa. Sin sobresaltos ni aristas, como los arcos y bóvedas de nuestros templos y claustros.

-Y avanzamos por su ámbito sonoro “suspirando” por la nota final, “sícut cervus ad fontes”… -Añadió Jonás de Caleruega repitiendo palabras de Bernardo.

-Bien dicho –dijo Adelelmo y prosiguió:

-Para ello necesitamos conocer la intención expresiva y la orientación del canto en su conjunto. Ahora bien, ¿Qué intención expresiva y qué recursos estéticos inspiraron la creación de los movimientos melódicos que realzan e ilustran el significado del texto sagrado?

-¿Tal vez la imagen visual del incienso elevándose a las alturas del templo? –preguntó a su vez Bernardo. -Tomemos el gradual Dirigátur oratio mea. ¿Qué os llama la atención a primera vista?

Tras ojear la partitura Honorio de Barriosuso respondió:

- El baile de las notas, con numerosos intervalos de cuarta y hasta de quinta, al agudo y al grave, terceras sucesivas… me desorienta un poco, la verdad. Sabemos que el modo VII es angelical; pero tanto, tanto…

-Leamos el texto –propuso Bernardo-, cosa que debemos hacer como tarea inicial. -Dirigátur oratio mea sícut incénsum in conspectu tuo…. Todo empieza a tener sentido. Como el humo del incienso que se eleva ante tu rostro… La nota tónica sol es tónica y descanso y pie para lanzarse al agudo; y el re agudo es tenor y dominante en el modo VII… pero en esta canto su límite no es el límite. La melodía se eleva hasta una quinta sobre ella. El ámbito del templo es el límite para el Versículo: -Elevatio mánuum meárum… Así mis manos se elevan ante ti como ofrenda de la tarde… Genial. ¡Qué canto más hermoso! Cuántos lo habrán cantado antes que nosotros. Tal vez a ellos, como a nosotros ahora, les daban ganas de elevar también sus manos, como ofrenda de la tarde…

Suave y ligerito, como asciende el humo del incienso el maestro de coro entonó -Dirigátur… Y raudos los de Silos ascendieron al unísono por aquello complicada nube de sonidos.

Al oír tan bella interpretación Adelelmo, que iba para santo, profetizó:

-¡Los de Silos cantarán el gregoriano como los ángeles por los siglos de los siglos!

-Amén -respondieron riendo los presentes. Y Bernardo prosiguió:

-Tomemos ahora el cántico de entrada de nuestra festividad, Bénedic, ánima mea. El cantor contempla las maravillas de la creación y habla consigo mismo: -Bénedic ánima mea Dómino…et noli oblivisci… et renovábitur, sícut áquilae, iuventus túa. Tras su doloroso proceso de transformación el águila se lanza decidida desde la alta peña y planea majestuosamente. El modo V es el modo juvenil, alegre, el que alegra la tristeza. El baile de las notas en el aire describe las renovadas evoluciones en el aire de nuestra ave legendaria. Las piezas del modo V presentan un comienzo entusiasta con sus dos terceras al agudo y un final súbito, con movimiento de terceras al grave. Es justamente como el águila se lanza a los cielos y toma tierra. El melisma en iuventus túa refleja la forma de planear en el aire del águila en su vuelo ritual, majestuoso, en el que muestra que ha recuperado la juventud.

-¿Quién no lo quisiera? -exclamó el monje Froilán. Todos asintieron sonriendo, dando por finalizada la “repetitio”.

Aquel amanecer el prior observó en los Maitines que la silla de Norberto en el coro estaba vacía. Cuando advirtió su ausencia también en Laudes preguntó si algún monje sabía algo. Zaqueo, que ya había advertido esa noche su ausencia en el dormitorio; aunque la había atribuido entonces a un simple cambio de lugar, corrió a la puerta de la hospedería descubriendo de inmediato que su vara, la larga vara que le servía de pértiga para atravesar el desfiladero de la Yecla, había desaparecido. A gritos dio la alarma y de inmediato se formaron dos grupos de monjes jóvenes que salieron al rescate. Uno, con el prior a la cabeza, por la cuerda de la montaña. El otro, con largas varas de enebro, siguiendo el curso del río Mataviejas en dirección a la gran hendidura. Zaqueo, que iba a la cabeza de este segundo grupo, no olvidó llevar consigo el ungüento de la botica para los primeros remedios.

Consagraría la iglesia abacial Don Jimeno, el obispo de Burgos. Ya habían llegado, recibidos por el abad Fortunio, el cardenal-legado, el arzobispo de Toledo, el obispo de Roda de Isábena y el obispo de Aix-en-Provence, procedentes de Concilio de Husillos.

Era el gran día. Todo habían sido carreras en Silos. Todo, preparativos. Finalmente todo estaba dispuesto aquel mediodía resplandeciente de domingo para la solemne procesión desde el fondo del templo, camino del altar: Celebrantes y monjes en doble fila, con el acólito cruciferario a la cabeza y los ilustres invitados cerrando el cortejo. Desde la alta torre el sonido de las nuevas campanas vibraba alegre en el valle de Tabladillo. Los fieles que abarrotaban las naves de la iglesia guardaban silencio expectantes.

En un ángulo apartado del presbiterio, vendado de pies y manos y con magulladuras varias, Norberto esperaba pacientemente. En volandas, bajo la mirada protectora de Adelelmo, el prior Nuño, el cantor Bernardo, el liturgista Eulogio y el clérigo Zaqueo lo habían situado en el lugar preciso en que podía ver, sin ser visto, la gran ceremonia. Tras su dolorosa aventura de monje caballero de Cluny en la noche de luna perfecta, testigo fiel de sus lamentos, de atormentarse por no tener cuanto deseaba su corazón había pasado a desear cordialmente cuanto tenía, el afecto de los monjes y la pobreza evangélica de Silos. De su rostro había desaparecido la crispación para dar paso a la calma y la sonrisa. A su lado el venerable Adelelmo, que iba para santo, cavilaba con el destino del juvenil quinteto: Nuño iba para abad mitrado, Bernardo para obispo, Norberto para liturgista de Roda, lo de Eulogio no lo tenía muy claro, y Zaqueo, “tantillus et tantus”, para anónimo hospedero, sucesor de Liborio, que durante largos años demostraría a los peregrinos que la bondad puede ser infinita. Pero todo esto, junto con su propio destino de santo patrón de Burgos, Adelelmo se lo guardó para su caletre.

Cesaba el sonido de las campanas y la procesión avanzaba ya por la nave central del templo precedida por el acólito cruciferario. En el presbiterio los cantores de la schola se disponían a entonar el cántico inicial, Bénedic, ánima mea Dómino: et renovábitur, sícut áquilae, iuventus tua… Bernardo, el joven maestro de coro, a punto de dar la entrada susurró:

-Como cae la hoja en el estanque…



FIN






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