El secreto impulso de vivir de los niños
hispanos
Los agentes de la policía de control de fronteras tenían un problema: Descubrir si quienes tenían delante, paralizados por el miedo tras la verja de la escuela, eran las personas reales de los niños hispanos, o se trataba de fotocopias en 3d.
- Nos miran fíjamente, como si fueran muñecos -dijo uno de los guardias.
- ¡Ni pestañean! -añadió un segundo.
Sólo saliendo de dudas, aquellos sicarios gordinflones con una indumentaria paramilitar que les reventaba por las costuras, podrían obligar a las madres de los niños a abandonar sus escondrijos y entregarse para ser deportadas.
Convocaron testigos, tomaron fotos, miraron de frente y de perfil los rostros de las criaturas. Ninguna de las formas previstas de reconocimiento les resolvía el problema. Ni las manchas de los pizarrines de colores en las manos o en el babi escolar, ni la plantilla de la cara, ni la forma de las orejas.
Otro de aquellos guardias de fronteras de repente tuvo una idea:
- ¡Anda al carajo! ¡Traigamos a las abuelas, a todas las viejas hispanas que encontremos por la calle, que veamos salir de la panadería o del supermercado, y leamos en sus ojos!
Éstas, tras observar unos instantes a las criaturas, permanecieron inexpresivas aunque de inmediato averiguaron la verdad. Hay un modo de comunicación no verbal que se les escapa a los expertos en reconocimiento y que sólo ellas y los niños guardaban como un tesoro. No en vano habían compartido, desde el mismísimo momento del parto de las criaturas, el secreto impulso de vivir encriptado en las diversas formas de sonrisa imperceptible, mínima, disimulada, comunicativa, confidente, secreta, callada, cálida, indulgente, entrañable, maliciosa, inteligente, boba, piadosa, irónica, misteriosa...
Aquellos mercenarios hispanos guardias del ICE, que al punto recordaron este detalle de su propia infancia, apenas si se atrevían a levantar la vista ante la mirada firme de las ancianas. Y lo que leían en aquellos ojos venerables, ellos que eran analfabetos además de cobardes, les llenaba de vergüenza.
Invierno.
Fco. Alonso Crespo.
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